14 de julio de 2025
Santa María Magdalena aparece con frecuencia en los Evangelios como una seguidora fiel de Jesús.
Se la menciona entre las mujeres que proveían al Señor con sus bienes, signo de discipulado práctico.
Lucas relata que de ella salieron siete demonios, subrayando el poder liberador de Cristo y la gratitud de María.
En la mañana de Pascua, ella va al sepulcro antes del amanecer, llevando aromas y encontrando solo la piedra removida.
Su diálogo lloroso con el Señor Resucitado transforma el dolor en alegría misionera, encapsulando el misterio pascual.
Porque proclama “He visto al Señor”, los Padres la llaman apostola apostolorum, la apóstol de los Apóstoles.
El Papa Francisco en 2016 elevó su memoria a Fiesta, resaltando la audacia apostólica enraizada en el amor contemplativo.
El Catecismo nos recuerda que la Resurrección es atestiguada histórica y espiritualmente; María es modelo de ambas dimensiones.
Artistas, místicos y concilios mantienen viva su memoria, cada uno extrayendo nuevas facetas del mismo diamante evangélico.
Los calendarios occidentales honran a María Magdalena desde el siglo IX, vinculando la penitencia con la esperanza de la resurrección.
La reforma de 1969 clarificó su identidad, separando figuras fusionadas y resguardando la devoción auténtica.
La Fiesta actual subraya la contribución femenina a la historia de la salvación sin borrar carismas distintos.
La Colecta pide a Dios encender en nosotros el mismo servicio amoroso que llevó a María a aferrarse a Cristo.
El Prefacio II de los Santos resalta su testimonio: “A ella se le apareció Cristo en el huerto.”
Una proclamación atenta enriquece a las asambleas, permitiendo que la Escritura forme tanto la imaginación como el intelecto.
Pueblos franceses procesionan reliquias que se dice reposan en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume, evocando el fervor de las peregrinaciones medievales.
En Filipinas los fieles encienden velas aromáticas, recordando la mirra que ella llevó al amanecer.
Círculos de oración en línea ahora unen continentes, demostrando que el espacio digital también puede ser tierra sagrada.
El primer impulso de María tras encontrarse con el Jesús resucitado es correr, no discutir; la proclamación precede a la explicación.
Los equipos parroquiales de evangelización pueden imitarla compartiendo encuentros personales antes de presentar esquemas catequéticos.
Cuando la alegría es palpable, la doctrina se convierte en invitación y no en imposición.
Su liberación de los demonios muestra que ningún pasado, por oscuro que sea, excluye la santidad futura.
La reconciliación sacramental también libera a los creyentes para pasar de la vergüenza a la misión.
Los ministerios pastorales para sobrevivientes de traumas se fortalecen con el camino de María hacia la plenitud.
Los documentos magisteriales afirman la igual dignidad mientras detallan oficios distintos; María encarna tanto el servicio como la autoridad.
Las laicas lideran estudios bíblicos, institutos catequéticos y redes caritativas, reflejando su testimonio multifacético.
Reconocer estos dones enriquece la vida eclesial y contrarresta caricaturas seculares del catolicismo.
El próximo Año Santo invita a cada católico a cruzar un umbral de misericordia; María cruzó el umbral del sepulcro vacío.
Las diócesis pueden dedicar rutas de peregrinación en su honor, uniendo santuarios locales a la celebración universal.
Estos recorridos fomentan la unidad, el arrepentimiento y la caridad creativa.
Las células vecinales pueden leer juntas Juan 20, deteniéndose donde María escucha su nombre en labios de Jesús.
Compartir momentos en que Cristo nos llamó personalmente cultiva la gratitud y el apoyo mutuo.
Estos encuentros sientan una base relacional para eventos jubilares más grandes.
Santa María Magdalena muestra que la renovación auténtica comienza con el encuentro y se desborda en testimonio.
Al acercarse el 22 de julio, que su Fiesta nos inspire a anunciar la Resurrección con palabras y obras.
Siguiendo sus huellas, la Iglesia universal avanza hacia el Jubileo 2025 con confianza y alegría.