12 de agosto de 2025
Los primeros cristianos se alegraron con la visión de Isaías de una figura materna que daría a luz al Rey Mesías.
Viendo a María en esa profecía, la Iglesia la aclamó como la verdadera “Hija de Sion”, compartiendo la dignidad real de su Hijo.
Su Realeza no es, por tanto, una idea añadida, sino que fluye orgánicamente del plan de salvación de Dios ya esbozado en el Antiguo Testamento.
El Papa Pío XII instituyó formalmente la fiesta en 1954, vinculándola a la Asunción y resaltando la participación de María en el triunfo de Cristo.
No se inventó ninguna doctrina nueva, sino que el Magisterio aclaró lo que los fieles habían creído durante mucho tiempo: donde reina el Rey, reina la Madre.
La enseñanza salvaguarda tanto la mediación única de Cristo como la participación subordinada pero real de María en su misión redentora.
Las liturgias orientales cantaron durante siglos Akathistos que saludaban a María como “más alta que los querubines”, reflejando una vivencia de su intercesión real.
La himnodia occidental se unió con el Salve Regina, recordando a cada generación que la misericordia fluye a través de su oración maternal.
A través de las culturas, el canto une a los creyentes en el honor a la Reina cuya alabanza siempre conduce de nuevo al Rey.
En el antiguo Israel, la reina madre ocupaba un lugar de honor a la derecha del rey (1 Reyes 2:19).
Los católicos leen esto tipológicamente, encontrando en la gebirá una figura que se cumple en María junto al Cristo entronizado.
Reconocer su papel profundiza la apreciación por la continuidad bíblica en vez de añadir algo ajeno a la revelación.
El Apocalipsis 12 presenta a una mujer radiante coronada con doce estrellas, luchando contra el dragón por su hijo y su descendencia espiritual.
El pasaje consuela a las comunidades perseguidas mostrando la victoria ya alcanzada por la gracia divina.
La corona de María aquí no es poder mundano, sino un signo de que la humildad vence al mal mediante la obediencia perseverante.
En Caná, la intercesión de María provoca el primer signo, revelando la gloria de Jesús a los discípulos vacilantes.
En el Calvario, su presencia silenciosa demuestra una fe inquebrantable, ganando el título de “Madre de la Iglesia”.
Estas dos escenas enmarcan un ministerio en el que el servicio maternal, no la dominación, es el verdadero sello de la realeza.
Originalmente situada el 31 de mayo, la fiesta se trasladó a la octava de la Asunción en 1969 para subrayar sus misterios inseparables.
La nueva fecha invita a los fieles a prolongar ocho días la contemplación de la entrada de María en la gloria celestial.
Los textos litúrgicos repiten con frecuencia Lucas 1:33, proclamando que el Reino de Cristo no tendrá fin y tampoco el cuidado de su Madre por nosotros.
En Filipinas, procesiones llevan imágenes adornadas con flores llamadas “Reina del Cielo”, fusionando el arte local con la devoción universal.
Coros africanos animan las celebraciones eucarísticas con tambores que simbolizan el latido de un pueblo que se alegra.
Pequeñas parroquias rurales en América Latina coronan sencillas estatuas, recordando a todos que la verdadera majestad habita donde el Evangelio se vive con amor.
Los Misterios Gloriosos culminan contemplando a María coronada como Reina del Cielo y de la Tierra.
Las familias que rezan juntas el 22 de agosto se reconectan con una tradición que ha sostenido a innumerables creyentes en las pruebas.
Especialmente para los migrantes lejos de casa, el Rosario es un santuario portátil que une corazones a la Reina que conoce el exilio y el regreso.
Honrar la Realeza de María llama a padres y madres a un liderazgo de servicio, reflejando su autoridad suave.
Los niños aprenden que la grandeza no se mide por el estatus, sino por la disposición a decir “Hágase” a la voluntad de Dios.
Las comunidades formadas por este espíritu resisten tanto el consumismo como la coerción, promoviendo la solidaridad y la paz.
El título “Reina de los Apóstoles” impulsa a cada bautizado a llevar a Cristo al mundo con valentía.
Los santuarios marianos hoy son también centros de catequesis, conciencia ecológica y obras de misericordia, traduciendo la devoción en acción.
Esta labor refleja la enseñanza del Vaticano II de que la auténtica piedad siempre conduce a un discipulado más profundo y a la evangelización.
Al acercarse el Año Santo con el lema “Peregrinos de la Esperanza”, la corona de María brilla como faro para una época inquieta.
Los peregrinos que se inscriben en el Jubileo caminan bajo su manto, confiados en que ella los guía hacia la reconciliación y la renovación.
Al confiar los preparativos a la Reina del Cielo, la Iglesia pone las celebraciones venideras firmemente bajo el signo de la esperanza maternal.
La Realeza de María no es un boato distante ni un exceso sentimental; es una invitación viva a compartir la victoria de Cristo mediante el servicio humilde. Celebrada el 22 de agosto por creyentes de todo el mundo, la fiesta nos recuerda que el camino hacia la verdadera grandeza transcurre por la senda de la fe, la obediencia y el amor. Bajo el suave reinado de María, las naciones descubren una esperanza que no defrauda y los corazones hallan el valor de proclamar: “Cristo es Rey, y su Madre es nuestra Reina”.