30 de julio de 2025
El evangelista Marcos sitúa a Jesús en la Decápolis, una tierra fronteriza de lenguas y culturas.
Allí, el Señor es abordado por amigos de un hombre sordo y mudo.
La sencilla petición de la multitud—«pon tu mano sobre él»—revela confianza en un poder mayor que la habilidad médica.
Jesús elige la intimidad: lleva al hombre aparte, toca sus oídos y lengua, y suspira mirando al cielo.
La orden aramea «¡Effetá!—¡Ábrete!» atraviesa el silencio que aprisionaba el corazón del sufriente.
Inmediatamente regresa el oído, fluye la palabra, y el milagro apunta más allá de la curación hacia la comunión con Dios.
Desde los primeros siglos, los catecúmenos escuchaban «Effetá» durante los ritos bautismales, significando la fe que escucha y proclama.
Padres como San Agustín vincularon el milagro a la conversión: la gracia elimina la sordera interior a la Palabra de Dios.
Así, la Iglesia atesora este signo como una invitación permanente a abrir toda barrera al diálogo divino.
Reanudando sus audiencias de los miércoles tras la pausa veraniega, el Papa León destacó nuestra «crisis de la escucha».
El ruido, señaló, adormece la conciencia; los verdaderos evangelizadores primero acogen la historia del otro con silencio reverente.
Exhortó a familias, pastores e influencers a redescubrir la atención contemplativa como semilla de un testimonio creíble.
El Papa advirtió que las palabras desvinculadas del encuentro se convierten en eslóganes que endurecen los corazones.
Inspirado en Jesús, el diálogo efectivo combina el gesto compasivo con la verdad dicha con amor.
Dicha comunicación, dijo, «crea puentes donde los algoritmos levantan muros», fortaleciendo la parroquia, el trabajo y la sociedad.
La sobrecarga digital, las cámaras de eco ideológicas y el desplazamiento superficial imitan hoy la aflicción del hombre de la Decápolis.
León XIV aconsejó la lectio divina diaria y el examen de conciencia para mantener agudos los sentidos espirituales.
Concluyó: «Deja que Cristo toque tus oídos cada mañana, y tu lengua bendecirá al mundo».
Un hogar que escucha modela el cuidado paternal de Dios; los niños aprenden que son escuchados antes de ser corregidos.
Prácticas sencillas—comidas sin dispositivos, Escritura compartida, relatos pacientes—forman oídos atentos tanto a la alegría como al dolor.
Las amistades también florecen cuando la conversación incluye preguntas sinceras y la humildad de dejarse transformar por las respuestas.
Los consejos parroquiales pueden iniciar las reuniones con oración en silencio, fomentando el discernimiento más que el debate.
Los confesionarios se convierten en «escuelas de escucha» donde los sacerdotes reflejan la mirada atenta de Jesús y los penitentes redescubren la libertad.
Los ministerios de caridad ganan credibilidad cuando los voluntarios primero escuchan a los pobres describir sus verdaderas necesidades y sueños.
Los católicos en línea están llamados a transformar los espacios de comentarios en lugares de bendición, no en campos de batalla.
Publicando menos y dialogando más, los discípulos pueden compartir testimonios que inviten al encuentro en vez de perseguir clics.
La privacidad de los datos y un lenguaje caritativo juntos honran la dignidad de cada persona detrás de una pantalla.
Medio millón de jóvenes ya llenan Roma para el Jubileo de la Juventud, corazones ansiosos de misión.
Sus cánticos hacen eco de «Effetá», recordando a un mundo envejecido que la apertura es el secreto de la verdadera vitalidad.
Al escuchar entre culturas anticipan la armonía universal que el Jubileo anhela celebrar.
En agosto miramos hacia la Asunción, contemplando a María que «guardaba todas estas cosas en su corazón».
La tradición la saluda como Virgo Audiens—la Virgen que escucha—modelo de receptividad interior a las sorpresas de Dios.
Confiar nuestros oídos a su intercesión materna nos prepara para cualquier gracia que el Jubileo despliegue.
El Papa León imagina una Iglesia donde cada bautismo renueva el «Effetá» para una humanidad herida y cansada de palabras.
Si atendemos al llamado, las conversaciones tanto en la mesa del hogar como en las cumbres globales podrán respirar la frescura del Evangelio.
Oídos abiertos desatarán corazones abiertos, y corazones abiertos iluminarán un futuro lleno de esperanza cristiana.
La curación del sordo-mudo es más que una maravilla antigua; es el programa perenne de Cristo para una comunicación auténtica.
La catequesis del Papa León XIV regala a la Iglesia una hoja de ruta: escuchar profundamente, hablar con amor, vivir con apertura.
Al avanzar hacia el Jubileo, que permitamos al Señor susurrar «Effetá» cada día, y ecoarlo hasta los confines de la tierra.