27 de julio de 2025
Peregrinos llenaron la Plaza de San Pedro el 27 de julio de 2025, con paraguas protegiendo los rostros bajo el sol del mediodía.
Banderas de todos los continentes ondeaban, recordando a todos que la Iglesia respira con pulmones globales.
Cuando el Papa León XIV apareció en la ventana, el saludo multilingüe de la multitud se elevó como un gran latido ante el Cielo.
El Santo Padre hizo una pausa y luego invitó al silencio, dejando que las palabras “Padre Nuestro” se posaran sobre la plaza.
Insistió en que llamar a Dios “Padre” no es un adorno poético; es la identidad más profunda del cristiano y fuente de valentía.
Confiar en ese amor paternal, dijo, libera a los cristianos del miedo y alimenta la audacia misionera en el trabajo, las calles y los hogares.
Antes de rezar el Ángelus, el Papa León vinculó el fiat de María con el Padrenuestro: ambos son entrega a la voluntad del Padre.
Exhortó a cada creyente a repetir ese doble sí—el de María y el de Jesús—cada vez que las preocupaciones llenen el corazón.
En un mundo inquieto, explicó, la verdadera libertad comienza con la humilde aceptación del sabio y paternal plan de Dios.
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Escritura revela a un Dios que engendra la creación, rescata a Israel y nos adopta en Cristo.
El grito de San Pablo “Abba, Padre” sigue sacudiendo hoy los muros de la soledad y la autosuficiencia.
El Catecismo enseña que la paternidad divina trasciende e ilumina la paternidad terrenal, sin reducir una a la otra.
El Papa León animó a los oyentes a comenzar cada tarea susurrando lentamente el Padrenuestro.
Esa oración convierte los plazos en diálogo y transforma la ansiedad en cooperación con la gracia.
Una estudiante nigeriana compartió después que este hábito la ayuda a enfrentar los exámenes sabiendo que, ante todo, es una hija amada.
Reconocer a un solo Padre hace que cada persona sea un hermano o hermana, borrando las excusas para la apatía.
La doctrina social católica se basa precisamente en esta lógica familiar: ningún trabajador, migrante o niño por nacer es descartable.
Cuando los debates políticos olvidan esa verdad, los creyentes deben dar testimonio con cortesía pero con firmeza de que la dignidad humana no es negociable.
El Ángelus coincidió con la Quinta Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, una iniciativa muy querida por el Papa León.
Agradeció a los mayores por “transmitirnos las primeras oraciones que escuchamos”, un tesoro a menudo subestimado.
Su silenciosa fidelidad, señaló, ancla a las familias sacudidas por el cambio cultural y la distracción digital.
Los obispos de Malaui hicieron eco al Papa, invitando a las parroquias a celebrar misas especiales, visitas a domicilio y círculos de compartir historias.
En Manila, jóvenes adultos escribieron cartas a residentes de hogares de ancianos, descubriendo una sabiduría que ningún algoritmo puede ofrecer.
Tales iniciativas revelan que la misión no siempre es un viaje al extranjero; a veces es una silla acercada en casa.
Abundan los ejemplos: San Policarpo guiando a las jóvenes iglesias, San Juan XXIII escribiendo su Diario del alma en sus años crepusculares.
Incluso San José, patrono de la buena muerte, nos recuerda que los finales pueden predicar esperanza más fuerte que los comienzos.
Honrar a los mayores, por tanto, no es una cortesía sentimental sino una obligación eclesial fundamentada en el Cuarto Mandamiento.
Al referirse a los conflictos actuales, el Papa León lamentó la renovada violencia en Gaza y otros lugares, suplicando corredores de ayuda.
Su voz se quebró al recordar a los niños que aprenden la guerra antes que el abecedario, una imagen que silenció la plaza.
Pidió tanto a los gobiernos como a los ciudadanos comunes que prefieran el diálogo por encima de “la retórica fácil y las armas más duras”.
Jesús coloca la construcción de la paz entre las Bienaventuranzas, no entre los extras opcionales para especialistas.
Cada Rosario por zonas en conflicto, cada salario justo pagado, cada prejuicio confesado es un ladrillo en la civilización del amor.
Las agencias caritativas de la Iglesia, desde Cáritas hasta los bancos de alimentos parroquiales, traducen la oración en pan, mantas y hogares reconstruidos.
Cuando sonaron las campanas y terminó el Ángelus, los peregrinos se dispersaron llevando tres invitaciones: llamar a Dios “Padre”, valorar a los mayores, trabajar por la paz.
Cada invitación exige conversión, pero ninguna requiere recursos extraordinarios—solo corazones abiertos a la gracia.
Al concluir julio, que estas lecciones se extiendan en agosto y más allá, hasta que el mundo entero viva la oración que toda lengua ya conoce.
El Ángelus de mediados de verano del Papa León XIV entretejió teología, familia y geopolítica en un solo manto de fe sin costuras.
Redescubrir la paternidad de Dios enciende la confianza, honrar a los mayores resguarda la memoria y la oración perseverante alimenta la paz.
Si dejamos que el Padrenuestro modele tanto la agenda del lunes como los debates globales, el Reino que pedimos se acerca con cada aliento.