18 de julio de 2025
La llamada del Papa León el 18 de julio con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu situó el peso moral del papado claramente del lado del diálogo. El Santo Padre reiteró que toda vida humana es sagrada y que cada víctima civil es una herida en el Cuerpo de Cristo. Habló con claridad, insistiendo en un alto el fuego inmediato antes de que se derrame más sangre.
Las palabras del Papa no tienen fuerza militar, pero la historia demuestra que el testimonio moral puede ablandar corazones endurecidos. Sus predecesores hablaron de manera similar durante crisis anteriores en Oriente Medio, recordando al mundo que “la guerra es siempre una derrota para la humanidad”. Hoy esa misma enseñanza resuena con renovada urgencia.
Para los lectores católicos de todo el mundo, el episodio es un recordatorio de que el Sucesor de Pedro ejerce un “poder blando” único. Al apelar a la conciencia en lugar de la coacción, el Papa mantiene viva la posibilidad de una paz enraizada en la justicia, no en el mero cálculo de fuerzas.
La situación humanitaria en Gaza ha llegado a lo que los trabajadores de Cáritas describen como “un punto de quiebre”. El suministro limitado de medicamentos, los apagones continuos y el trauma psicológico indescriptible afectan a civiles a ambos lados de la frontera. Familias que antes asistían a la Misa dominical en la Iglesia de la Sagrada Familia ahora lloran a sus seres queridos y buscan entre los escombros.
La doctrina social católica insiste en que la dignidad humana nunca disminuye, incluso bajo bombardeos. El principio del bien común exige acción internacional para garantizar medicinas, agua y corredores seguros para la evacuación.
Las estadísticas rara vez capturan el rostro humano del sufrimiento, pero llaman al mundo a la responsabilidad. Cada cifra—cada niño, anciano o cuidador—porta la imagen de Dios. Esa verdad teológica transforma los informes de crisis en un llamado urgente a la solidaridad cristiana.
Un ataque a un lugar de culto conmociona a los creyentes mucho más allá de las fronteras locales. De Roma a Manila, los católicos comprenden intuitivamente que una iglesia es más que ladrillos; es un signo de la presencia de Dios entre Su pueblo.
El derecho internacional reconoce los lugares de culto como sitios protegidos, pero los textos legales por sí solos no pueden garantizar su seguridad. La conciencia de las naciones debe formarse en el respeto a la libertad religiosa, un derecho que la Iglesia defiende para todas las confesiones, incluidas sinagogas y mezquitas.
Defender los espacios sagrados no es, por tanto, solo un interés católico. Es una tarea civilizatoria que favorece la armonía interreligiosa y la paz de toda comunidad que eleva su corazón a Dios.
El Patriarca latino, cardenal Pierbattista Pizzaballa, cruzó el puesto de control de Erez el 18 de julio llevando medicinas, alimentos y la compasión de un padre. Su sola presencia decía a las familias en duelo: “La Iglesia universal no los olvida”.
Las visitas pastorales en zonas de conflicto imitan a Cristo, que se acercaba a los que sufrían en vez de hablarles desde la distancia. El convoy del cardenal se encontró con escombros y peligro, pero el riesgo mismo se convirtió en una homilía silenciosa sobre el deber del pastor.
Su visita también motivó a los voluntarios locales, recordándoles que sus actos ocultos de servicio forman parte de la misión universal de la Iglesia. Vivir la caridad bajo el fuego revela el Evangelio con más fuerza que cualquier titular.
Acompañando al cardenal estaba el patriarca ortodoxo griego Teófilo III, señal de que la unidad cristiana crece en el sufrimiento compartido. La delegación conjunta rezó Vísperas junto al altar dañado, ofreciendo salmos que han consolado a mártires durante dos milenios.
Esa cooperación cumple la oración de Cristo “que todos sean uno”, haciendo visible una comunión que trasciende las fronteras jurisdiccionales. Cuando católicos y ortodoxos lloran juntos, proclaman una esperanza más fuerte que la metralla.
Su voz unida también da mayor peso moral a los llamados al alto el fuego, recordando a los líderes políticos que los cristianos divididos comparten una sola preocupación por la dignidad humana.
Dentro del recinto parroquial, los feligreses repartieron bocadillos a vecinos musulmanes que habían perdido sus hogares. Esta hospitalidad recíproca recuerda al Buen Samaritano, mostrando que la caridad no reconoce etnia ni credo.
Un catequista rescató una estatua ennegrecida de la Sagrada Familia, colocándola de pie entre los escombros. Los niños se reunieron para rezar el Ángelus, su “Fiat” susurrado evocando el coraje de María.
Estos pequeños gestos, casi invisibles para los medios globales, revelan la columna vertebral oculta del testimonio cristiano. La esperanza, aunque frágil, surge precisamente donde las condiciones parecen menos propicias.
Desde la Rerum novarum de León XIII hasta la Fratelli tutti de Francisco, el Magisterio insiste en que las sociedades se juzgan por cómo tratan a los menos protegidos. En Gaza e Israel, ese foco ahora recae sobre familias desplazadas, pacientes hospitalarios y niños huérfanos.
Las organizaciones caritativas encarnan esta opción mediante hospitales de campaña y atención psicológica. Pero todo creyente, incluso lejos del conflicto, participa con la oración, la limosna y la defensa de políticas humanas.
Elegir a los vulnerables no deja de lado las legítimas preocupaciones de seguridad; las purifica, asegurando que la protección nunca se convierta en opresión.
La tradición de la guerra justa de la Iglesia establece criterios morales estrictos antes de que se pueda recurrir a la fuerza. Entre ellos: último recurso, proporcionalidad e inmunidad de los no combatientes. Los acontecimientos recientes muestran cuán fácilmente se vulneran estos umbrales en la guerra moderna.
El llamado al alto el fuego del Papa León recuerda a San Juan Pablo II, quien advirtió que la “lógica de la fuerza” suele eclipsar la “lógica de la razón”. Una pausa en las hostilidades permite espacio para la diplomacia, la ayuda humanitaria y el examen de conciencia de todas las partes.
Los católicos están llamados a estudiar estos principios, no como teoría abstracta, sino como guía para formar opiniones e influir en la política con claridad moral.
La paz auténtica es más que la ausencia de cohetes; es fruto de la justicia templada por la misericordia. El Compendio de la Doctrina Social urge mecanismos para la verdad, la reparación y el perdón.
Proyectos de reconciliación gestionados por la Iglesia en otras zonas de conflicto ofrecen modelos concretos—coros juveniles mixtos, círculos de diálogo basados en la Escritura, microcréditos para viudas—que podrían inspirar esfuerzos similares en Tierra Santa.
Al apoyar tales iniciativas, los católicos convierten el lamento en acción constructiva, demostrando que la misericordia no niega la justicia, sino que sana sus heridas.
A lo largo de la historia, desde Lepanto hasta la Siria contemporánea, la Iglesia ha recurrido a la oración y el ayuno como armas potentes y no violentas. Las diócesis de todo el mundo pueden designar una Misa semanal por la paz, incorporando intercesiones especiales del Misal Romano.
Las familias pueden adoptar la antigua práctica de los viernes de pan y agua, uniendo el hambre corporal con el vacío que sienten los desplazados. Los niños pueden confeccionar rosarios sencillos para sus pares en Gaza, aprendiendo la solidaridad desde pequeños.
Estas prácticas no eluden la complejidad política, pero sitúan el conflicto en un horizonte sobrenatural donde solo la gracia de Dios puede mover los corazones.
Catholic Relief Services y Caritas Internationalis acogen asociaciones parroquiales para financiar convoyes médicos y reconstruir aulas. Incluso donaciones modestas compran antibióticos o libros escolares que encarnan el toque sanador de Cristo.
Estudiantes universitarios pueden organizar campañas de cartas instando a los legisladores a respetar el derecho humanitario internacional. Sus voces respetuosas pero firmes recuerdan a los gobiernos que sus ciudadanos valoran la coherencia moral.
Profesionales jubilados ofrecen su experiencia pro bono—ingenieros diseñando purificadores de agua, consejeros brindando atención psicológica en línea—demostrando que toda vocación puede servir al bien común.
Los ciclos mediáticos cambian rápido, pero el mandato del Evangelio perdura. Las parroquias pueden organizar intercambios virtuales entre grupos juveniles de Belén, Tel Aviv y Chicago, permitiendo que las amistades trasciendan los estereotipos.
Los organizadores de peregrinaciones pueden reservar futuras visitas a Tierra Santa con guías cristianos locales, sosteniendo economías frágiles y fomentando la empatía personal.
En última instancia, la llamada telefónica del Papa León es una invitación a cada creyente: sustituir la indiferencia por el encuentro, la polémica por la oración y la desesperanza por la audaz esperanza de que “nada será imposible para Dios”.
La respuesta de la Iglesia al ataque a la iglesia de Gaza recuerda al mundo que la autoridad espiritual, la caridad vivida y la enseñanza moral clara siguen siendo indispensables en tiempos de agitación. Al unir la oración con la acción concreta, los católicos de todo el mundo pueden ayudar a transformar un momento de tragedia en un camino hacia la paz duradera.